El partido del cambio

La ley ordenaba entrenar al fútbol en todos los colegios e institutos del planeta. Tras el ejercicio los alumnos se aseaban y comenzaban sus clases cotidianas. Una de esas mañanas, en cierto instituto, los jóvenes ocuparon sus asientos y el profesor de historia, Fernando, indicó que abrieran el archivo 20660711MFB116 en sus cristales activos. Era la mejor manera de borrar el mal recuerdo que su última clase había provocado en los aprendices.

La Tercera Guerra Mundial no había sido fácil de asimilar por sus mentes vivaces y llenas de ilusión, forjadas a base de estudio, tenacidad y deporte. Imaginar la lucha entre naciones escudadas tras banderas –al punto de decidir sus destinos en sangrientas batallas–, les parecía ciencia ficción. Pero necesitaban conocer la historia para aprender que aquella escalada de violencia sumió al planeta en una guerra global que mermó la población mundial a su quinta parte y esquilmó los recursos naturales.

Aquella lección había acabado con una buena noticia: la firma de un tratado de paz –aprovechando que casi no quedaban armas–, donde se prohibió la fabricación de armamento. Así resurgió la figura del paladín, un representante valeroso que defendiera los intereses de su pueblo, como ya hicieran miles de años atrás Goliat y David, filisteos contra judíos y otros tantos desde entonces.

La clase diaria partió desde ese punto. La excesiva y solitaria responsabilidad del paladín hizo surgir la idea de utilizar equipos en su lugar: El fútbol fue elegido como la única «batalla» permitida para dirimir cuestiones de lindes y potestades. Cualquier otro intento de combate sería reprimido por un ejército de humanoides programados con imparcialidad para mantener a salvo la menguada humanidad.
 
Fernando narró cómo se retomaron las competiciones globales, suspendidas durante años, en las que los países luchaban por alzarse con la copa del mundo, un trofeo de oro macizo convertido en cetro del poder, pues, el país capaz de conquistarla se erigía como juez del planeta durante cuatro años para legislar y solventar cualquier disputa entre naciones.

Parecía equilibrado que once contra once decidieran la suerte de millones, pues igualaba las posibilidades de los pueblos por alcanzar la presidencia total. Pero algunas naciones –apoyadas en las fortunas antes dedicadas al sector armamentístico– impusieron su poderío al invertir verdaderas fortunas para entrenar a los mejor dotados para el balompié, y ofrecieron la nacionalidad a las jóvenes promesas de países emergentes a cambio de riqueza obscena.

Hombres y mujeres –algo tan decisivo no podía discriminar a nadie por razones de sexo– soñaban con formar parte de los equipos de las ligas nacionales, único camino para alcanzar el olimpo de los seleccionados, esos que serían tratados como verdaderos dioses y recibían mayores sueldos que los gobernantes –aunque eso ya sucedía antes de la guerra en algunos países–.

A punto de marcar un gol decisivo.Pero en el 2066 ocurrió lo inesperado. Andorra, la revelación del torneo, alcanzó la final por el reinado del planeta contra la poderosa selección de China. Aquel país pirenaico había logrado seducir a varias de las estrellas de sus vecinos –España y Francia– para que formaran parte de sus filas.

Empero, los asiático repetían final por cuarta edición consecutiva. Sus deportistas de élite, entrenados con aire marcial, habían afilado su técnica tras décadas de aprendizaje y estudio de las grandes glorias europeas y sudamericanas que habían elegido este país para jugar allí sus últimos años –e incrementar de paso sus arcas–. Este adiestramiento colocó a China en la cúspide del fútbol.
 

Fernando relató los detalles del partido a sus alumnos como si fueran estratagemas bélicas. Detalló cómo los jugadores chinos –con un equipo compuesto solo de varones– marcaron dos goles con sendas jugadas trazadas con escuadra y cartabón, y cómo Andorra consiguió igualar el encuentro con tantos de la delantera Collette Zidane, y del centrocampista Javier Gordillo.

El desenlace agónico les llevó a la prórroga. La selección asiática, asedió con incontables ocasiones a su rival, con la paciencia y el suspense de una novela policíaca. Todo apuntaba hacia un final previsible.

Pero el milagro se fraguó desde la banda derecha, cuando Jesús Navío robó el balón y recorrió treinta metros sorteando a sus rivales de ojos rasgados, cedió el esférico a Collette, y esta pasó de espuela a Bárbara Silvador que, amagando un regate, dejó en el suelo al defensa asiático con su cintura descosida. Tras un par de pases al primer toque Fabricio centró el balón hacia David Iniesta –nieto de una vieja leyenda española–, quien sorprendió a todos con un tiro cruzado desde la esquina exterior del área.

El tiempo se congeló. Iniesta pareció dirigir con algún poder extrasensorial su disparo, pues la esfera ascendió por el aire sorteando al enjambre de defensores y, cuando parecía que se marcharía por encima del larguero, descendió como impulsada por una fuerza invisible para rebañar el interior de la escuadra ante la estirada infructuosa del guardameta oriental.

El estadio rugió, el ensordecedor clamor aunó las voces de los aficionados de todos los países que festejaban la derrota del gigante y los llantos de los vencidos sonaron como lúgubres violines de espanto en una sinfonía magistral en la que David había vuelto a derrotar a Goliat.

El partido lo cambió todo. Andorra, lejos de imponer su dominio sobre las potencias mundiales, dictaminó que las fronteras del mundo desaparecieran y que las banderas dejaran de representar a países divididos por la envidia y los intereses egoístas. Esas telas se convirtieron en meros estandartes, vestigios que recordaran la existencia de viejas naciones desaparecidas y que desde entonces solo se reunirían cada cuatro años para disfrutar del espectáculo del fútbol, sin recompensas de mandatos ni  supremacía, celebrando los juegos de la hermandad en los que la humanidad comenzó a comportarse con ese sentido común arrinconado durante tantos milenios.

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