Huyendo del reino de Mictlán



El celaje arropó con su calma a Cohualtzin. Su mirada, intensa y cargada de años, traspasaba el horizonte como si fuese capaz de vislumbrar un mundo escondido a los ojos naturales. Parecía intuir que no volvería a ver aquellos bosques salpicados con el arrebol vespertino. Allí el aire fresco, cómplice, empujó hasta su memoria una colección de viejos recuerdos.

Él había sido el primer niño nacido fuera de Huehuetlapallan, tras el éxodo. Creció al abrigo de su padre y tomó su relevo cuando murió en plena batalla. Cohualtzin se convirtió así en el nuevo líder tolteca y guió a su pueblo durante interminables años de peregrinación. Ahora era un viejo guerrero de apenas cincuenta años sin fuerzas para luchar: Lo que no habían conseguido sus enemigos lo estaba logrando la enfermedad.

Su hijo Tzihuacoatl era maduro y fornido, valeroso como su padre, y estaba preparado para continuar su labor. No deseaba verlo morir preso de su propia debilidad en el combate, pero el azote del viento vaticinaba un cercano río de sangre; se avecinaba una lucha feroz contra los habitantes de Xilotepec y él estaba preparado para encabezar la victoria y tomar una tierra fértil donde establecerse al fin.

Pero Cohualtzin no quería viajar al reino de Mictlán, el de los señores de la muerte; allí le esperaba una condena de interminables años en la oscuridad absoluta, un mundo sin ventanas para mirar ni puertas para escapar. Él tenía otros planes.


Al amanecer, el día en que se decidiría el destino de estos dos pueblos, se preparó para la contienda. Hizo acopio de energía, apenas le quedaban fuerzas, pero encontró las que escondía en algún lugar de su cuerpo llamado pundonor. Se pertrechó para la ocasión con su cueitl de piedras labradas ceñido a la cintura, la armadura de pieles curtidas sobre su pecho y el tilmatli de gala al cuello, esa capa que le distinguía como gran jerarca. Luego mojó dos de sus dedos con tinte blanco y dibujó un rostro esquelético sobre su propia faz, a continuación trazó con arcilla negra unos bordes gruesos y marcó las cuencas de sus ojos con una oscuridad desafiante: era la imagen de Huitzilopochtli, dios de la guerra, al que serviría con decisión hasta su último aliento.

Se puso al frente de sus guerreros, junto a su hijo; pero Tzihuacoatl le pidió que se retirara, como si el reposo acaso le pudiera dar alivio. Su padre era consciente de que no hallaría refugio en su tienda mientras la muerte estuviera esperando agazapada en un rincón. El primogénito quería brindarle a su padre una primera victoria, una forma de aseverar que su pueblo quedaría en buenas manos tras su partida.

Cohualtzin lo intuyó, pero no era esa su preocupación. Confiaba en Tzihuacoatl. Por eso lo miró desde el brillo de sus ojos, con un aprecio líquido que pedía brotar, y le explicó:

—Hijo, ya tendrás tiempo de coronar victorias toltecas, pero esta debe de ser mía. Yo quiero vivir bajo el brillante sol prometido de Omeyocán y deseo transformarme a su tiempo en un ave del paraíso vestida de hermosas plumas con todos los colores del arcoíris, y volar por siempre en libertad... No me prives de la oportunidad de morir luchando.

Tzihuacoatl cayó en la cuenta de su error, no era momento de proteger al gran guerrero, no resultaba sabio pretender esconderlo en un lecho frío durante sus últimos días, de modo que asintió condescendiente y le cedió el primer lugar. El rey dio la orden de ataque.

El día fue glorioso para los toltecas pero poco antes de la victoria final, en el furor de la lucha, Izcóal, el rey que defendía su tierra, atravesó con una lanza el corazón animoso de Cohualtzin, quien murió esgrimiendo una sonrisa..., la misma que Huitzilopochtli mostró cuando le abrió las puertas de su reino.

Entonces Emilio cerró el libro. Diego, su pequeño sobrino, que hasta entonces había estado muy atento a la historia, mostró el desconcierto en su cara.

—¡Híjole! —exclamó Diego—, ¿por qué tuvo que morir el rey bueno? ¡Qué chingada!

—No me seas trompudo, Dieguito, y platica bien.

—¡Pero no entiendo estas historias de mayores! ¿Por qué no se quedó en su casa el rey bueno? Habría tenido mejor chance...

—Órale, Dieguito, que la historia es bien chida, mi negro. Debes saber que esto sucedió cuando nuestra patria ni siquiera tenía el nombre de México. Nuestros antepasados creían que la muerte era la antesala de otros mundos, y pensaban que lo importante no era tanto cómo vivían, sino cómo morían. Si Cohualtzin hubiera muerto de viejito habría entrado a chaleco en un buen fregado, en el mundo más oscuro y triste que pudieras imaginar; pero quienes morían luchando por los suyos tenían el chance de ir al mundo del sol y de la alegría sin fin: ¡Era el mayor de los premios! Por esa razón el rey murió feliz.

—¡Ah! ¿Y es por eso que celebramos el día de los muertos, tío Emilio?

—¡Pos claro! Los toltecas ya celebraban a su manera el día de la muerte. Y algo de ellos nos quedó, porque ahora lo festejamos para honrar a los que ya partieron... en busca de su liberación.

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