El mundo es otoño

Árbol caduco en otoño, con fondo de árboles de hoja perenne.




Mientras es fértil la higuera
el viajero se arrima a su sombra,
inhala su aroma dulce
y saborea sus frutos.
Al regresar noviembre,
el viento de indiferencia
lame sus últimas hojas
y la avergüenza ante todos.

Mas la brisa tiene favoritos,
no a todos desnuda.
Los que escapan de su caricia
presumen con vanidad
de sus trajes de opulencia.
La dictadura del verde
compite con el ocre sucio,
gastado de tanto usarlo,
de tanto sufrimiento acumulado,
de no parar de morir.

Es la historia que se repite,
letras impresas en diarios
con tinta colorada
de vergüenza y dolor,
esa de ricos y pobres,
la de huracanes que despojan con saña
las temblorosas cuentas corrientes;
la de lluvias que arrastran pobreza
y mojan al llanto que vive en chabolas;
la de guerras indecentes
que se venden en vitrinas de cristal helado,
la de ese árbol perenne
que resiste orgulloso y crece
mientras se mofa del caduco
que parece morir...
solo lo parece.

Los deseos frustrados
cubren el suelo de oro viejo
bajo los nogales.
Las corrientes de los valles
olvidan su vida pasada,
descansan de tanto vivir.
Y el lobo mira su reflejo
en el estanque anguloso
y no se reconoce...
Olvidó cuál es su forma.

La vida no muere en ti, otoño,
simplemente duerme

para olvidar
al corazón helado y vacío,
a la cerviz erguida,
al prejuicio en la mirada,
a la mano que se esconde,
al oído indolente,
y a la boca que mata
con balas de promesas huecas
y pólvora de engaño.
 

Pero también dormita
para esperar su primavera,
la esperanza ensoñada
de que el invierno se aleje

tras el rumor del viento.

Porque el mundo...
es otoño.

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