Patera de tierra

Relato: Patera de tierra. Euskadi, Cantábrico.

Abrí el batiente de madera del ventanal como quien descorcha una botella de champán, quizá, inspirado por la cercanía de las costas francesas. Era mi forma de celebrar que por vez primera iba a contemplar un amanecer en el Cantábrico.
Desde la soledad de aquel caserío reconvertido en hotel rural, a medio camino entre Getaria y Zarautz, se debía de dominar el horizonte, pero flotaba alrededor una esponja blanquecina que impedía observar al día recién nacido. Esa bruma invadió la habitación, se sintió invitada a visitar mi alcoba a través del hueco cedido por las piedras centenarias.
Sí, vine buscando el norte y él me salió al encuentro, me rodeó sin permiso en un aposento aún extraño. El sur me había escupido con desdén, me había forzado a trazar un nuevo rumbo. Era mi particular exilio, una huida calculada del buen clima, de las fiestas arraigadas y de las gentes de apariencia desenfadada —pero tan cargadas de problemas como cualquier hijo de vecino.
Me perseguía un vívido recuerdo, una visión de chalupas furtivas cargadas de esperanza, gentes vestidas de harapos que desembarcaban en la costa sus ilusiones, apresadas por falsos capitanes, tan falsos como sus promesas de prosperidad. Los náufragos de esas barcas terminaban envueltos en mantas que solo brillaban hacia fuera.
Algo mío permanecía allá, tumbado en una playa de arena candorosa, bajo el sol abrasador de verano. Pero aprendí que aquel paraíso estaba reservado, tenía derecho de admisión, como las calas en agosto, como los puestos de trabajo dignos, como las pateras que aparecían buscando un mundo mejor por conocer; pero aquella tierra estaba repleta de vidas que, como la mía, también anhelaban huir de sus propias ruinas: Dos mundos, una realidad, demasiadas maneras de llorar.

Pero estoy aquí y ahora, inmerso en un amanecer encapsulado en un frigorífico invisible, tan frío como mi propio corazón.
Desde mi altura veo cómo se desperezan las viñas, se asoman entre las nubes que descansan calmadas sobre la tierra húmeda. Me gusta cómo huele. Los pámpanos se esconden entre las vides como pequeños duendes que prometen alegría por venir. No puedo dejar de mirar, deseo ver mar, este mar, el mar del norte, donde dicen que está la cordura y se encuentra el rumbo... pero me es esquivo, se esconde tras un telón de gasas deshilachadas entre jirones de tímido azul.

Hoy tengo todo el día libre, es domingo. Mañana pensaré en el mundo real, pero hoy necesito soñar, encontrar ese horizonte que huye de mí, huraño, y me invita a buscar otras noches, otras estrellas polares, otro punto cardinal vestido de locura.
Mi hospedaje huele a brasas marinas, pero está limitado en el tiempo; escasean las monedas en mi cartera, están oxidadas de indiferencia... Seguiré creyendo en el mañana, seré optimista.
Por ensalmo, veo emerger ante mí a un guardián gigantesco sobre el mar, es una señal para creer que lo muerto resucita. La mole de roca, con apariencia de inocente ratón, despunta sobre la niebla: es el monte San Antón. Anuncia una nueva mañana despejada, el fin del letargo.
El mar mantiene su rumor de fondo tras la espesura grisácea y trémula que vibra con el viento. Solo el rugido de algún motor lejano rompe el idilio.
Ofreceré al día cierta ventaja, esperaré a que esté dispuesto a mostrarse vivo: Bajaré a desayunar.

El salón es sencillo y amplio, está peinado con vigas recias, huele a carbón. Edurne, la casera, me ofrece un generoso festín de bienvenida: un tazón de café humeante, cruasanes, bizcocho, pan recién hecho e incluso algunos pinchos —bueno, pintxos, que debo practicar el nuevo idioma.
Ella se refugia en una apariencia seria pero cordial, pero no puede reprimir del todo su sonrisa cada vez que yo hablo. Sin duda mi acento debe de resultarle peculiar y exótico, tanto como lo es para mí la escueta conversación que mantiene la pareja de mi derecha; apenas dialogan entre bocado y bocado, pero cuando lo hacen... ¡madre mía, qué palabrejas interminables! Esto del euskera me va a hacer sudar lágrimas sólidas por la lengua, pero tiene su encanto.
La cara de Edurne lo dice todo: piensa de mi dialecto lo que yo de su idioma. Estoy nervioso, y eso me hace ametrallarla con tres frases seguidas sin tomar aire. ¡Pobre mujer! Tiene tantos problemas para entenderme como yo para descifrar el hilo de mis vecinos de mesa. Lo único que alcancé a comprender de su conversación fue una carcajada unísona, la que dejaron escapar cuando pregunté a Edurne por las tostás con manteca colorá...

He salido a estirar las piernas y el mar ha perdido, al fin, su vergüenza. Se ha mostrado diáfano, pero también confuso: No se decanta por el color con el que debe vestirse hoy, si el verde desparramado por las lomas, o el azul apagado entre el celaje o, quizá, el gris de la carretera que marca una frontera entre dos mundos. Está alborotado, baila sus crestas juguetonas con reflejos opacos y un bordado blanco dibuja en ellas caminos extraños. Todos los colores se quieren mezclar en este mar indómito que no se deja avasallar por el viento. Es como yo; mi viento se llamaba Temor.

Cantábrico y yo nos hemos conocido, creo que nos llevaremos bien, es noble y habla de cara. Ya puedo regresar tranquilo al apacible caserío.
En la puerta me espera Edurne. «Mañana te haré morokil, para que veas con qué poco se puede llenar el estómago», me dice... «Mañana», ¡qué lejos queda eso!
Seis letras que esconden tanta incertidumbre como expectación, alguna luz y demasiadas sombras; son como un saco sorpresa del que se puede extraer lo mejor y lo peor... Mañana, sí, mañana será cuando este cocinero andaluz, venido en su patera terrestre, sabrá si el norte le es propicio o si, en cambio, la súbita galerna le roba la cordura prometida.

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