Rehenes de un mar lejano

Dispuestos a vivir la aventura de sus vidas, Gustavo y Linda se vistieron con sus mejores trajes, se tomaron de la mano y escaparon aprovechando un despiste del vigilante. Traspasaron con sigilo la puerta trasera, que daba a un calle sumida en penumbras. Cruzar aquel umbral era lo más emocionante que jamás habían experimentado.

El aire nocturno empapó su pieles, como lana de ovejas en la garganta de un lobo. Esa tibia humedad parecía excitarlos tanto como ver, al final del callejón, el halo de luz difuminado en la bruma, la salida a tantos años de secuestro.

Necesitaban decidir su inmediato destino: Emprender la singladura hacia el cementerio del mar de los Sargazos, o buscar el fiero embate del encuentro de los océanos en el cabo de Hornos, o quizá acometer la búsqueda de las míticas minas del rey Salomón. Pero el resonar lejano de unos pasos presurosos detuvo de golpe de su éxtasis. Debían alejarse antes de que su captor diera con ellos.
 
Calle de un suburbio llena de suciedad y objetos abandonados.
Se arrimaron a una de las paredes laterales y caminaron con pisadas blandas de oscuridad. Un contenedor de basura cercano abrió por sorpresa sus fauces y dejó escapar a un hombre de su vientre metálico. El individuo hedía por partida doble: su aliento a vómito rancio, sus ropas como el inodoro de un antro a las cuatro de la madrugada. Portaba el tesoro hallado en tan particular cueva, una botella en la que apenas quedaba un trago de ginebra.

Cuando se incorporó, a duras penas, se frotó los ojos para mirar al dúo; luego apoyó su mano contra la pared, a modo de trípode, para no perder el equilibrio. Por un instante las miradas de los tres se cruzaron tratando de relacionar palabras correctas, como en un ejercicio escolar de enlazar parejas.

Linda y Gustavo se sintieron amenazados por la presencia de este ser desharrapado, de modo que se alejaron hasta la pared contraria, con la esperanza de escabullirse sin más del sujeto. El borracho se revolvió para coger un tostador roto de la basura y lo tiró sin remordimiento contra ellos. Acertó de pleno en la cabeza de Gustavo. El golpe hizo que se desplomara en el suelo.

Linda, temblando, lo tomó de un brazo y tiró de él para escapar, arrastrándolo entre charcos de orina y restos de comida. El energúmeno comenzó a gritar con voz errabunda:

—¿A dónde pensáis que vais? ¡Venid aquí, no me engañan vuestros disfraces!
—Por favor, baje la voz —imploró Linda—, va a conseguir que nos descubran.
—¡Maldita enana! ¡Quítate ese ridículo traje y ven conmigo, que te voy a enseñar lo que hago con cerditas como tú!

Un golpe seco detuvo sus insultos. Engullido por su propia nube etílica no se había percatado de la llegada de un hombre maduro con rasgos angulosos; este le dio un pequeño empujón... Un soplido hubiera bastado para tumbar a aquel mequetrefe que, al caer sobre el asfalto, se despidió de uno de sus incisivos, el único que quedaba en aquella dentadura con aspecto de código de barras.

Luego corrió en busca de los fugados. Linda trató de tirar de Gustavo para huir de allí, pero él tenía descosida la cabeza del golpe y, a cada tirón, su contenido trazaba un rastro mortal en el gris rugoso del suelo. Carlos los alcanzó. Mientras, el borracho trataba, sin éxito, de incorporarse a cuatro patas.

—¿A dónde pensabais ir? —dijo Carlos, mirando con ternura a Linda.
—Estamos hartos de que nos manejes —respondió ella—. Tenemos vida propia, ¡no somos la marioneta de nadie! Queremos ver mundo, contemplar con nuestros propios ojos este planeta del que siempre nos hablas, vivir alguna de esas historias que relatas cada noche... ¿Quién sabe si nos cruzaremos con Simbad, o con Sandokan, o con Indiana Jones?
—No lo entendéis. Yo no os dejo salir por vuestro propio bien, no para privaros de libertad. Ese mundo con el que soñáis no está preparado para veros, aún no. Sois únicos y ellos no aceptan a gente especial, no soportan a los que destacan, ni a los que difieren de la mayoría... Bueno, en general no soportan a nadie que piense, a nadie a quien no puedan etiquetar con facilidad.
—Pero tú cuentas historias de un mundo plagado de aventuras...
—Sí —interrumpió Carlos—, porque mi trabajo es inventar esas fantasías para que la gente no muera de realidad. Mira al pobre Gustavo; ni siquiera habéis salido del callejón y ya le han abierto la cabeza. Venga, volvamos a casa que tengo que arreglarlo. Si cruzáis aquella esquina —dijo señalando con su índice hacia las luces del fondo— el único mar que encontraréis será el de la incomprensión.

Los ojos de cristal de Linda se llenaron de agua por dentro, parecían minúsculas peceras con un ser redondo y negro flotando a la deriva en ellos. Por otro lado, la tela de la cabeza de Gustavo estaba abierta como una empanadilla a medio masticar, pero en lugar de atún con tomate tenía trozos de esponja multicolor.

El cuarentón, vestido con su chaqueta de estrellas brillantes, envolvió con uno de sus brazos a Gustavo, que asintió con la media cabeza que aún controlaba. Luego tendió la otra mano a Linda. Ella la asió, dócil, y regresaron de vuelta al viejo edificio. De camino se cruzaron con el borracho que no era capaz de tenerse en pie; realizaba piruetas de patinaje artístico sobre charcos viscosos.

—Y tú —dijo Carlos dirigiéndose a él— no vayas contando historias raras por ahí. Todos te conocen bien. Sabes que nadie daría crédito a un borracho que ha visto a dos títeres de felpa escapando del teatro...

 Imagen cortesía de ABC y TVLine.

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